martes, 30 de agosto de 2011

Punto y seguido

Acabo de montarme en el avión. Ya está todo entregado, mochilas y chaqueta arriba, cascos en la oreja, y equipaje facturado tras pagar 120 euros de sobrepeso de equipaje. Si a todos los extranjeros les timan lo mismo que a mí­, no me extraña que vaya tan bien Alemania. Se me escapa un suspiro mientras cierro los ojos. De cansancio quizá. Llevo toda la noche sin dormir. La mitad de ella de jarana, disfrutando mis últimos minutos en Berlí­n con los pocos amigos que ya quedan aquí­, y descubriendo uno de los bares que más me ha gustado desde que estoy aquí­, el White Trash, en la parada del U de Rosa-Luxemburg-Platz (aquí) ¡¡Hay que joderse, el último día!! Me despido de ellos. Me marcho andando bajo la lluvia que nos ha estado acompañando durante muchos días de Julio. Esa lluvia que cae a la vez que tus amigos suben fotos al Facebook de paellas en Mojácar, y revolcones en la arena de Las Higuericas. ¡Eso es sincronización, y lo demás son tonterí­as! Mientras ando sigo desarrollando uno de mis muchos defectos: pensar en si serí­a posible que no volviera a ver más a la gente que acabo de despedir. Creo que es una cosa que deberíamos pensarla más a menudo, seguro que seríamos de otra manera. Pronto dejo de pensarlo, y me concentro en el metro. La otra mitad de la noche no tiene importancia. Sigamos.

Abro los ojos. Me acuerdo de la vez que fui de Berlin a España después de Semana Santa. Era por la mañana, y gracias a que hacía un día estupendo y soleado, lo que vi por la ventanilla mientras el avión despegaba no tuvo precio. Ni la más mí­nima bruma emborronaba el más mí­nimo detalle de la ciudad de Berlin. Parecía una maqueta en movimiento protegida por el cristal de mi ventanilla. Los monumentos, las plazas, la Catedral Protestante, la Torre de la Televisión, por supuesto los barcos navegando por el rí­o, los rí­os de turistas que ya empezaban a abarrotar Berlin, los coches como hormigas, e incluso las barquitas surcando las ramificaciones del rí­o que se adentraban en el Tiergarten. Al fondo, los bosques rodean la ciudad recordándole lo que una vez fue. Espero que esta vez sea la mitad de impresionante, con eso me conformo. Despega el avión, pero las nubes están bajas y no puedo distinguir nada, no hay nada que ver, sólo bruma. Cierro la ventanilla, no me importa.

No me importa, porque me pongo a acordarme de lo que he ido haciendo aquí­ durante estos seis meses. Me acuerdo mucho de la gente que conocí aquí, mis amigos, gente de la que he aprendido mucho y de la que me guardo muchos recuerdos dulces, de esos que no se olvidan hasta que la física de nuestro cerebro empiece a fallarnos. Pero sobre todo me acuerdo de la gente que ha venido a visitarme, supongo que porque más o menos temprano los volveré a ver. Mis hermanos, mis cuñadas, mis primas, mis padres, mis tí­os, mis jefes, amigos, amigas, y mi mejor amiga, en cuyo escritorio estoy escribiendo estas últimas palabras. La "Pensión Tío los Pollos", como le solíamos decir, echaba humo, sobre todo cuando el tiempo mejoró, que la policí­a no es tonta. Desde aquí­ les doy las gracias por venir, por adentrarse en mi pequeño espacio en Berlin, y por dejarme enseñarles lo poco que pude aprender de esta ciudad, y de su gente­. Por permitirme alternar la rutina del trabajo con otras actividades, con visitas a monumentos ---que lo mismo no habí­a visto, o que ya habí­a visto decenas de veces---, con cervecicas en las terrazas de los bares, o simplemente con tirarnos en la hierba de un parque, ellos para descansar de un dí­a agotador de turismo, y servidor para despejarse del trabajo con esa caja que la llaman lista y no lo es. También un lo siento pequeñico, para aquellos que os hice andar más de la cuenta, y para aquella que se corrió Berlin en bici y embarazada, sin rechistar, y aguantando como una campeona. También a los que abandonaba por la mañana bien temprano para ir a trabajar, y a los que no fui a recoger al aeropuerto, y con los que no me eché aquella foto que cada vez que la veo, me acuerdo de lo tonto y absurdo que puedo ser a veces. Lo siento.

Tampoco me importa porque vuelvo a mi casa, ¡¡qué pijos!! Ya queda menos para volver con todos, volver a la playa, torrarme al sol mientras me rompo la cabeza a ver si hace buen dí­a o si el lebeche viene demasiado fuerte para sacar el catamarán, comer manjares con amor de padre y madre, de esos que por más lo intentas nunca te salen igual, y de volver a disfrutar de horas de tertulia con el personal y de siestas en la hamaca mientras te llega la brisa del mar. Echo a andar. Atravieso la puerta que me permite abandonar la zona de recogida de maletas. Me encanta esta escena en la que la gente se agolpa para recibir a los suyos. Todos partiéndose el cuello buscando ese momento, el momento en el que ver una cara te enchufa una de las mayores inyecciones de alegrí­a que se puedan describir. Allí­ veo a mi madre. Su sonrisa y sus ojos destacan en su cara morena por el sol del verano, sobre todo los ojos, esos que te pone una madre cuando te vas lejos o cuando vuelves después de mucho tiempo, esos ojos que se te agarran al pecho con tanta fuerza que incluso te obligan a parar mientras escribes esto meses después. Ha venido con mi tí­o, que mi padre trabajaba, y ellos me llevarán a donde están los demás: mi padre, mis hermanos, mi familia, mis amigos, mi gente. Bajo del coche. Un guantazo de calor húmedo y el olor a brisa de mar me levantan el flequillo. Ya estoy aquí­.

¿Y de volver, qué? Me niego a terminar este blog con un "volveré" o algo por el estilo. Sólo diré que en cierto edificio de Berlin, en su bodega, está aquella bicicleta que tantos kilómetros ha recorrido conmigo durante estos seis meses de visita. Aquella bicicleta que nunca me dejó tirado, y que llegó a entenderse conmigo a las mil maravillas. Aquella bicicleta que nunca se fue con otro, aunque ya la compré a conciencia, ¡mira que era fea la joía! En su portaequipajes ---si se le puede llamar así-­-- hay una caja de zapatos bien asegurada con precinto blanco del barato. En su interior, algunos objetos que ninguno de los herederos lí­citos de mis pertenencias berlinesas necesitaba. Entre ellos, un tazón de loza para desayunar bien antes de ir al trabajo, un recipiente de horno para hacer asado los fines de semana y bizcochos para las cenas con amigos, algún otro útil de cocina, y herramientas para arreglar la bici y hacer chapuzas varias. En su rueda trasera entremezclado con el cuadro, un candado cuyas llaves sólo tengo yo. Todo una declaración de intenciones.

Aunque esta entrada se titule "Punto y seguido", este blog termina aquí. Muchas gracias por leerme y aguantarme, ha sido un placer. Un beso.

sábado, 30 de julio de 2011

Nice at work

It was everything nice at work. I still remember my first day. It was cloudy, cold,... but I was there. With a hundred kilos of baggage on my back, waiting for Stefan just where he had said to me. Just there started my first day at work, in which I became a new member of the T-Labs and I received my computer ---which a few months later was going to be my worst nightmare. At the end of that day I went with Stefan ---mi work mate---, Sebastian ---the boss---, and other colleague to have dinner. Some pasta and several german beers to make the first cultural exchange. We talked about things like Spanish people living in caves, the peculiarities about the position of Bayern within Germany, the skills of president Zapatero, and about red-face Germans wearing sandals with shocks when they come to Spain. Nice!!


Stefan was always close to me, helping me and teaching me german manners. It was funny to learn how Germans behave in different situations, sometimes different to Spanish, but sometimes surprisingly similar. Matthias was also there, specially when Stefan was out. They both, as well as the rest of the crew, helped me a lot to be self-sufficient in the city, and to make my adaptation process as simple as possible.

I am sorry guys. I know I was talking all the time about Spain, Spanish people and manners, the beach, my town, my land... Sorry, I am in love with them, and I can not stop talking about it. I know I was always asking about German stuff as well, sorry again. But it was nice, I guess. Sometimes I remember and miss lunch time over there: the last-generation elevator, the spicy lentels Indian-style, and ask for meat with sauce using my german skills and get mushrooms from the waitress. And people being silent after lunch... It is not possible here.

I also enjoyed the summer party. I think it was there when I really understood a thing some Spanish friends told me the first week I was in Berlin. It was something like "In Spain you have a lot of buddies, but only some of them are actually your friends. However, in Germany you will have few German buddies, but all of them will be real friends." True story.

I hope to come back guys. There are still a lot of things to do there, places to visit, avenues to ride with my bike, people to know, and beers to drink. Moreover, I miss to have a picture with you guys, so I think this is a good excuse for a new invitation :-) Not in winter, please.

Vielen Dank, und Umarmungen für alle!!
Sure it is wrong, sorry, but I confess I speak German in the privacy.

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Todo fue muy bien en el trabajo. Todavía recuerdo mi primer día. Estaba nublado, hacía frío, pero allí estaba. Con unos cien kilos de equipaje en la espalda, esperando a Stefan justo donde me había dicho. Justo allí empezó mi primer día de trabajo, en el que me hice miembro de los T-Labs y en recibí mi ordenador, el cual unos meses después se iba a convertir en mi mayor pesadilla. Al final de aquel día fui a cenar junto a Stefan ---mi compañero del trabajo---, Sebastian ---el jefe---, y otro compañero. Algo de pasta y varias cervezas para llevar a cabo el primer intercambio cultural. Estuvimos hablando de varias cosas, como por ejemplo los españoles que tienen cuevas para vivir, el extraño caso de Baviera en Alemania, las habilidades de Zapatero, y los alemanes de cara roja que llevan sandalias con calcetines cuando vienen a pasar el verano a España. ¡¡Estuvo bien!!

Stefan estuvo siempre cerca de mí, ayudándome y enseñándome las costumbres de los alemanes. Fue muy divertido aprender cómo los alemanes se comportan en ciertas situaciones, a veces diferente a como lo hacen los españoles, y otras sorprendentemente parecido. Matthias también estaba allí, sobre todo cuando Stefan no estaba. Ellos, junto al resto del personal, me ayudaron mucho para que pudiera valerme por mí mismo en la ciudad, así como para hacer mi proceso de adaptación lo más sencillo posible.

Lo siento chicos. Sé que estaba todo el tiempo hablando sobre España, su gente y sus costumbres, la playa, mi pueblo, mi tierra,... Lo siento, estoy enamorado de ellos, y no puedo evitar nombrarlos en cuanto tengo ocasión. También sé que no paraba de preguntar sobre Alemania y los alemanes, soy muy curioso, lo siento. Pero estuvo bien, supongo. A veces me acuerdo y echo de menos irme a comer con todos vosotros: ese ascensor de última generación, las lentejas picantes y con albaricoque al estilo indio, y pedir carne en salsa usando mi alemán y que la camarera me diera champiñones. Y eso de la gente callada en la sobremesa... eso no pasa aquí.

También me encantó la fiesta de verano de la empresa. Creo que allí fue cuando realmente entendí una cosa que unos amigos españoles me dijeron la primera semana que estaba allí en Berlin. Era algo tal que así: "En España tienes muchos colegas, pero sólo unos pocos de ellos son tus amigos. Sin embargo, aquí tendrás pocos colegas alemanes, pero todos ellos serán amigos de verdad." Cierto que es.

Gente, espero volver alguna vez. Me quedan todavía muchas cosas por hacer allí, sitios que visitar, calles que recorrer con mi vieja bicicleta, gente por conocer, y cervezas por beber. Además, echo de menos tener una foto con vosotros, lo que creo que es una buena excusa para que me invitéis de nuevo :-) Pero no en invierno, porfa.

Vielen Dank, und Umarmungen für alle!! (Muchas gracias, y un abrazo para todos.)
Seguro que está mal escrito, lo siento, aunque os confieso que hablo alemán en la intimidad.

jueves, 28 de julio de 2011

A la orilla del río

El rí­o es un elemento muy importante en Berlin. El Spree atraviesa todo Berli­n desde el oeste al este de la ciudad, siendo navegable en la mayorí­a de sus tramos. Éste surca varias de las zonas más representativas de Berlin, ramificándose hasta llegar al Bundestag, atravesar el Tiergarten, y dar forma a lugares tan hermosos para la vista como la Isla de los Museos. Sobre él están montados varios negocios: transporte de algunas mercancí­as, rutas turí­sticas, etc. Pero lo más importante es que se trata de un rí­o vivo. Pasaremos rápido por el invierno, estación en la que el rí­o llega a congelarse en la parte más superficial, indicándote que a la mañana siguiente te vas a cagar cuando digas de tirar para el trabajo. Es en verano cuando la vida del rí­o parece efervescer.



Cuando sale el sol, la gente se agolpa en sus dos orillas para tomarse algo, tocar la guitarra, comer, cenar, o simplemente para observar. Son decenas los bares, discotecas, terrazas, etc. que se agolpan a la orilla del rí­o. Y cada vez que es posible, una playa artificial se apodera del terreno, ofreciendo al personal tumbonas, chiringuito, redes de voley, y en algunos casos escenarios en los que se celebran conciertos y festivales con bastante frecuencia. Eso sí­, de bañarse nada, que el agua está más negra que el tizón, y de temperatura no me quiero ni imaginar.



Con la noche sigue la función. La muchachada acude a los cientos de spätis turcos para cargar sus mochilas con cervezas que luego disfrutarán a la orilla del rí­o. Si hay suerte, en una de las tumbonas que quedan libres, y en las que nadie te dice nada por ocupar. También eran bastante comunes los bailes. El más famoso: el del bar Theatre. Decenas de personas se juntaban frente al museo Bode para bailar bachata, salsa, merengue, y yo qué sé más. Desde el puente de Reinhardstr. se podí­a gozar del espectáculo en el que, a pesar de la dudosa calidad de los participantes, lo que de verdad importaba era la jarana y el pasarlo bien. De fondo, los museos iluminados, las ví­as del tren y la Torre de la Televisión.
 

Pero sin duda mi recuerdo del rí­o está más cercano al final de mi estancia en Berlin. Aún habiendo cientos de trozos de orilla más preciosos, mi preferido era uno que estaba a mitad de camino entre mi última casa y mi trabajo. Un punto en el que parecí­a que cuatro rí­os confluí­an como si de los rayos de un sol naciente se tratara. Allí­ mismo me detuve varias veces a mirar, a relajar los ojos después de tantas horas de ordenador, a comer y a tomar el sol cuando Cristina hací­a menú de tupperware, y donde hice una barbacoa con Paco, Laura, Sandra, Maya, Pilar y su novio --de cuyo nombre obviamente no me acuerdo-- en uno de los simulacros de mi despedida.

sábado, 23 de julio de 2011

Potsdam express

Nos sentamos en el S-Bahn. Cristina saca de su bolso un paquetito de papel aluminio y lo abre. Justo como le encargué: tres trozos de bizcocho y unas cuantas onzas de chocolate. Merendamos por el camino porque no hay tiempo que perder, ya que tenemos sólo unas 4 horas para ir a Potsdam y visitar la ciudad. Junto a nosotros dos bicicletas preparadas para la aventura, porque a mi juicio, visitar Potsdam en bicicleta tiene muchas ventajas, sobre todo la de no tener que andar "una parvá kilómetros".

Potsdam es una ciudad barroca muy cercana a Berlin --a poco más de 25 kilómetros-- la cuál ha sido escenario de grandes momentos de la historia del mundo. Se trata de una ciudad llena de palacios y atracciones históricas, y donde tres cuartas partes son espacios verdes. Se sitúa al lado del río Havel, y posee alrededor de 20 lagos y ríos.


Nada más llegar a la estación bajamos las bicicletas del tren y nos dirigimos hacia la puerta principal. Después un rato viendo para dónde deberíamos tirar, y de algunos cientos de metros en dirección contraria, conseguimos "engarruchar" el viaje que teníamos preparado para aquella tarde. Los monumentos no se hacen de rogar. Nada más cruzar el Lange Brücke llegamos a la Nikolaikirche, una iglesia que sospechosamente tenía un aspecto mucho más nuevo del que debería tener. Un poco más de bici y nos encontramos con la versión local de la Puerta de Brandenburgo. Tampoco era gran cosa, aparte de ser bastante más pequeña que su homóloga en Berlin, por lo que de momento íbamos pinchando.




Sin embargo, la cosa iba a mejorar pronto. Después de un ratito en bici con una temperatura espléndida, llegamos a la atracción más popular de la ciudad, el Parque de Sanssouci, un parque de grandes dimensiones en cuyo recinto se encuentran siete palacios y palacetes de estilo barroco. Mientras paseábamos por sus enormes jardines que a veces parecían bosques, no parábamos de encontrar sorpresas. Desde palacios con los que más quisieran contar entre su patrimonio muchas ciudades españolas hasta una casita del té china, la cual parecía bañada en oro. Y es que el Palacio Sanssouci es una de las joyas de la ciudad que el rey Federico el Grande ordenó construir para vivir “sin preocupaciones”. Este palacio está situado sobre una colina, rodeado de viñedos, que transmiten tranquilidad y sosiego. Por todo ello fue nombrado en 1991 por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad.




No podíamos marcharnos de este lugar sin visitar el Molino Histórico y al flautista de Sanssouci; cuenta la leyenda que Federico II de Prusia, fijó la existencia de un molino que, a su juicio, le estropeaba las vistas del paisaje o le impedía ampliar los terrenos del palacio, aquello le trajo algún problema que otro, no haciendo honor al nombre del palacio. La música también estuvo presente en este hermoso lugar. El rey Federico fue un gran amante de este lenguaje universal, hasta el punto de mantener una orquesta propia y realizar numerosos conciertos en su palacio. Era un flautista aceptable y llegó a componer varias obras para ese instrumento.



Ya no nos queda mucho tiempo y tenemos que coger el último tren. Aprovechamos la vuelta para dar un paseo en bici por el centro de la ciudad, donde calles pequeñas y agradables contienen construcciones pintorescas. Una de las más curiosas es el Barrio Holandés, con sus casas de ladrillo que a veces parecen pertenecer a una fortaleza. Nos faltó tomarnos una cerveza allí, pero el tiempo no lo permitía. También son interesantes las tres puertas de la ciudad, que aún siguen en pie.

Sin duda Potsdam se trata de un lugar con encanto para pasear deliciosamente por eternos jardines y desconectar de la vida de una capital como Berlin. Yo la recomiendo para visitas a Berlin de a partir de cuatro o cinco días, y si es en bicicleta, mejor que mejor.

Muchas gracias Eve por las descripciones.