domingo, 19 de junio de 2011

La reina del tour y cía.

Ha sido muy agradable visitar esta ciudad. Me ha gustado mucho y ha resultado sobrecogedor el pensar lo reciente de la historia tan brutal que han vivido los berlineses, ya que se puede observar que la ciudad se sigue recuperando.


Lo que más me ha llamado la atención ha sido que por primera vez me he sentido cómoda en una gran ciudad, ya que parece que se vive con menos estrés con respecto a otras grandes ciudades en las que he estado. Para mí, dos son los principales motivos. Por un lado el que se vean menos coches circulando, como consecuencia de lo mucho que se utiliza la bicicleta, y por supuesto por lo bien que funciona el transporte público, donde también se permite subir las bicis. Otra razón es que la ciudad tenga tantas zonas verdes y los berlineses las utilicen a tope. Es muy frecuente ver a la gente tumbada en el césped tomando el sol, de picnic, o bañándose en las fuentes. También resulta muy chocante ver las playas que se montan el cualquier sitio, lo que me recuerda la canción de Mecano: "Hawaii-Bombay es un paraíso que a veces yo me monto en mi piso".






Estas observaciones las he podido hacer gracias al buen tiempo que nos ha hecho. Cuando esté todo lleno de nieve será otra cosa, ¡no me los imagino esquiando por allí! Pero lo que no cabe la menor duda es que hemos tenido un GUÍA maravilloso; gracias a eso hemos podido ver muchas cosas y además comer bien en alguna ocasión. Quisiera destacar un detalle por parte del guía: aquella maravillosa sombrilla que apareció en el mejor momento, ¡y no llovía!


Por lo que respecta a los alemanes lo hemos tenido muy crudo, ya que con el único idioma que nos podríamos haber comunicado era señalando, y ni te miraban --algunos de reojo--. Mater dice que sobre el concepto limpio pero espeso, más espeso que limpio. El tito y tú padre quieren dejar claro que las cervezas buenas se las toman en España, por mucha fama que tenga la cerveza alemana. Lo mejor: un quinto de Estrella Levante bien frío, y de tapa un pepino español, sin “E.Coli”.
Gracias por todo, muchos abrazos y hasta pronto.


La reina del tour y compañía




El tío los pollos sí que os da las gracias. Un beso muy fuerte, que ya falta poco para vernos a la orilla del mar.
Por cierto, ya que hablamos de pepinos, los alemanes se parten la caja cuando les cuento lo de ponerse el culo del pepino en la frente para refrescarse en verano.

martes, 14 de junio de 2011

Un finde en Hamburgo: por el día

Hace algunas semanas, bastantes ya, fuimos a Hamburgo. Paco, Andreana, Manuela --sí, son italianas-- y yo nos montamos en un tren regional a las 7 de la mañana rumbo a esta ciudad, que se encuentra al oeste de Berlin, y un poquito más al norte (ver). Viajar en los trenes regionales es un auténtico aperreo, porque se paran en muchos sitios, y tardas en llegar la vida. Eso sí, son mejores que nuestros cercanías, y encima hay un billete que se llama "schönes Wochenende" --que viene a decir algo como "fin de semana agradable"-- y que por 40 euros pueden viajar hasta cinco personas todo lo que quieran durante ese día, y en esos trenes.



Una vez que llegamos, nos pusimos a recorrerla guía en mano. Hamburgo tiene cantidad de edificios históricos de estos puntiagudos de estilo centroeuropeo que tanto nos gustan. ¿Iglesias? Por un tubo. ¡¡La virgen!! --nunca mejor dicho--. Yo no sé si es que esta gente se tiraba todo el día rezando, o tenían subvención, o un Plan-E de iglesias, pero construyeron de sobra. Pero bueno, como a mí el tema eclesiástico no es que venga mucho --ups!!--, donde más me detuve fue en el Ayuntamiento, que este sí que mola.

El Ayuntamiento en sí no es que sea un edificio que te deje ojiplático: es grande y bonito, tiene muchos detalles puntiagudos --siguiendo la tónica alemana--, tejado verde --no falla--, nada en especial. Pero el ambiente que hay en esa plaza sí era especial. Mucha gente por allí. Movimiento por todos lados: coches, bicis, bici-taxis, gente comiendo, gente bebiendo, y artistas, muchos artistas. Además, fue el primer día que hizo calorcito de verdad. Eso significa "alemanes enloquecidos por cualquier mínimo reducto en el que entre la luz solar". Y así fue.


En el centro de la ciudad hay un lago muy grande. Una de las principales cosas que caracterizan a este lago es un auténtico "chorraco" en plan géiser que sale desde la profundidad. Nosotros tuvimos suerte de que aquel día hiciera bueno. La gente se agolpaba en los laterales del lago tomando el sol vuelta y vuelta, torrándose la piel cual pollos en la máquina, ya que debería de hacer, por lo menos, 25 grados. Y yo ahí, con mis pantalones de pana, mi chaqueta, mi palestina, y mi gorra, ¡¡con dos cojones!! ¿Y yo qué iba a saber, si el día de antes en Berlin nos estaba lloviendo y refrescaba de lo lindo? Pues nada, a remangarse.




Pero bueno, para mí lo mejor del lago llegó un rato después. Seguimos caminando, pasamos un puente que divide el lago en dos, y aparecen cientos de barcos de vela, barcas, patinetes, y cualquier elemento flotante que pudierais imaginar. Mientras una parte de mis ojos hacía chiribitas, la otra se acordaba del verano: la playa, el calor, los baños, la barca, el catamarán, etc. así que dije: "zagalicos, vamos a alquilarnos uno que yo remo, le soplo a la vela, o me agarro al agua con los dientes si hace falta". Pero no hubo suerte. Los barcos de vela parecían tener su propietario --cosa que no extrañaba al ver el "elenco" de coches que viajaban por aquellas calles--. Las barcas de remos y los patinetes eran gratis, lo que los hacía imposibles de pillar. Decepción al canto. Pero una llamada de unas amigas de Paco nos iba a terminar de solucionar la tarde.




El tema es que como gran ciudad alemana, Hamburgo también tiene su torre de la televisión. Y como buena torre de televisión, aquello era un punto de referencia claro y accesible. "Fiesta open air en la torre de la tele" rezaba el mensaje. Vamos para allá en transporte público. El de Hamburgo es más pequeño y más barato que el de Berlin, aunque eso no es muy difícil dada la monstruosidad de sistema de transporte público que aquí tenemos.


Llegamos a la torre de la televisión. A su lado una loma cubierta de césped. En un lado de la loma una fiesta tranquila, con gente haciendo corrillos, muchos de ellos haciendo barbacoa --deporte nacional--, y otros jugando a cualquier cosa o simplemente correteando descalzos. Hacía buen día, y aquello había que celebrarlo. Nos sentamos un poco a descansar, pero pronto nos dirigimos al otro lado de la loma, donde nos estaban esperando. Conforme nos acercábamos al otro lado de la loma aquello empezaba a temblar. Andamos un poco más y podemos apreciar una hondonada a la derecha. Unos pinchaban música, otros cientos --yo creo que más-- se agolpaban concéntricamente ante ellos, bailando, bebiendo, hablando, gritando, y todo lo que hiciera falta.



Lo mejor de todo era que se podía palpar en el ambiente que la gente estaba feliz, bastante feliz por el simple motivo de que hacía un día espléndido después de no sé cuántas semanas de frío, lluvia, aire, y cualquier elemento non-grato. Nosotros lo tenemos casi a diario, mientras otros lo celebran por todo lo alto. Había llegado la primavera.

miércoles, 1 de junio de 2011

Corriendo junto a estatuas

Tengo casa nueva. Y me encanta. No es demasiado grande pero es suficiente para mí, y para mis  visitas. Pero lo que más me gusta de todo no es la casa en sí. Por ejemplo, está cerca del trabajo, a unos 10 minutos en bici, y por un camino paralelo a la orilla del río. Insuperable. Está situada a menos de 5 minutos de la parada de metro, en un barrio con tiendas de primera necesidad, bares, sitios para comer, y hasta un mercadillo semanal. Y lo que aquí vengo a contaros: viene con castillo y jardines para irse a correr, de serie. Bueno, más bien viene a ser un palacio.


Para situarnos, os estoy hablando del Schloss Charlottemburg (ver), o traduciendo, el Castillo de Charlotemburgo. Algo de historia rápida: se empezó a construir en 1695, y estaba destinado a ser la residencia de verano de Sofía Carlota de Hanover, la esposa de Federico. Federico la espichó antes de tiempo, por eso el castillo pasó a llamarse Charlottenburg Liezenburg en su honor. El castillo fue modificado en los siguientes años, y tras un fuerte bombardeo en 1943 tuvo que ser restaurado por completo.


Pero bueno, a lo que vamos. El castillo tiene unos jardines preciosos en la parte trasera, y tras ellos un parque-bosque lleno de árboles, riachuelos, puentes, bancos para sentarte en los rincones más inhóspitos, un Mausoleo que parece un mini-Partenón, una casa para el té -- que más la quisieran el 80% de los españoles --, etc. etc. Vamos, que no te aburres cuando te pones a correr. Y ya no es que te aburras, es que hasta te puedes perder. Doy fé.


Mientras vas corriendo, aparte de cruzarte con mucha gente corriendo o paseando -- parece que han salido todos con la primavera, como las flores --, te encuentras con estatuas y otras obras de arte dignas de estar en un museo. Pero no, están ahí, para que cuando vayas ya asfixiaico, colorao como un pavo, que ya te faltan fuerzas hasta para mantener la visión nítida... ¡anda, mira que estatua más graciosa!  Y a continuar jadeando. El que va paseando no tiene estos problemas, pero yo no tengo paciencia para eso.


Pero lo mejor es que los jardines son en sí una obra de arte. Yo ya he estado allí unas cuantas veces y nunca veo a ningún jardinero trabajando, pero es impresionante cómo los tienen. Todo está cortado al milímetro, los árboles podados como si fuera a ordenador, y ninguna de las líneas de plantas que forman los dibujos y figuras de los jardines se sale, nunca mejor dicho, del tiesto.


También tiene algunas partes en las que hay como mini-plantaciones de plantas aromáticas, por lo que también el olor te va cambiando conforme vas por unas zonas u otras. Lo mismo eso se aprecia menos cuando vas andando, pero cuando vas corriendo sí que se nota. Otras de las cosas que te puedes ir encontrando por el parque son zonas con mobiliario urbano: mesas de ping-pong, un parque para que jueguen los niños, etc.


Pero lo mejor de todo es ir viendo a la gente. Siguiendo la tónica de Berlin, cada uno va a su rollo y hace lo que le da la gana. A toda la gente que hay paseando, corriendo, y montando en bicicleta, se le suman, por ejemplo, los que van a tomar el sol con toda su parafernalia, y a los que se le ocurre tomar el sol y se quedan ahí mismo en calzoncillos. También están los que se montan su pequeña barbacoa para comer con dos amigos, y otros que se montan un chiringuito que deja en mantillas al dominguero más especializado de la playa de Terreros. Luego tenemos a los que se descalzan y se ponen a darle al balón, los que se ponen a jugar al bádminton, y los que se montan una red de voleyplaya en toda regla. Y luego hay también algunos que, sin ningún motivo aparente, aparecen de entre los matojos, la maleza y la naturaleza. ¡ay pájaros!