martes, 30 de agosto de 2011

Punto y seguido

Acabo de montarme en el avión. Ya está todo entregado, mochilas y chaqueta arriba, cascos en la oreja, y equipaje facturado tras pagar 120 euros de sobrepeso de equipaje. Si a todos los extranjeros les timan lo mismo que a mí­, no me extraña que vaya tan bien Alemania. Se me escapa un suspiro mientras cierro los ojos. De cansancio quizá. Llevo toda la noche sin dormir. La mitad de ella de jarana, disfrutando mis últimos minutos en Berlí­n con los pocos amigos que ya quedan aquí­, y descubriendo uno de los bares que más me ha gustado desde que estoy aquí­, el White Trash, en la parada del U de Rosa-Luxemburg-Platz (aquí) ¡¡Hay que joderse, el último día!! Me despido de ellos. Me marcho andando bajo la lluvia que nos ha estado acompañando durante muchos días de Julio. Esa lluvia que cae a la vez que tus amigos suben fotos al Facebook de paellas en Mojácar, y revolcones en la arena de Las Higuericas. ¡Eso es sincronización, y lo demás son tonterí­as! Mientras ando sigo desarrollando uno de mis muchos defectos: pensar en si serí­a posible que no volviera a ver más a la gente que acabo de despedir. Creo que es una cosa que deberíamos pensarla más a menudo, seguro que seríamos de otra manera. Pronto dejo de pensarlo, y me concentro en el metro. La otra mitad de la noche no tiene importancia. Sigamos.

Abro los ojos. Me acuerdo de la vez que fui de Berlin a España después de Semana Santa. Era por la mañana, y gracias a que hacía un día estupendo y soleado, lo que vi por la ventanilla mientras el avión despegaba no tuvo precio. Ni la más mí­nima bruma emborronaba el más mí­nimo detalle de la ciudad de Berlin. Parecía una maqueta en movimiento protegida por el cristal de mi ventanilla. Los monumentos, las plazas, la Catedral Protestante, la Torre de la Televisión, por supuesto los barcos navegando por el rí­o, los rí­os de turistas que ya empezaban a abarrotar Berlin, los coches como hormigas, e incluso las barquitas surcando las ramificaciones del rí­o que se adentraban en el Tiergarten. Al fondo, los bosques rodean la ciudad recordándole lo que una vez fue. Espero que esta vez sea la mitad de impresionante, con eso me conformo. Despega el avión, pero las nubes están bajas y no puedo distinguir nada, no hay nada que ver, sólo bruma. Cierro la ventanilla, no me importa.

No me importa, porque me pongo a acordarme de lo que he ido haciendo aquí­ durante estos seis meses. Me acuerdo mucho de la gente que conocí aquí, mis amigos, gente de la que he aprendido mucho y de la que me guardo muchos recuerdos dulces, de esos que no se olvidan hasta que la física de nuestro cerebro empiece a fallarnos. Pero sobre todo me acuerdo de la gente que ha venido a visitarme, supongo que porque más o menos temprano los volveré a ver. Mis hermanos, mis cuñadas, mis primas, mis padres, mis tí­os, mis jefes, amigos, amigas, y mi mejor amiga, en cuyo escritorio estoy escribiendo estas últimas palabras. La "Pensión Tío los Pollos", como le solíamos decir, echaba humo, sobre todo cuando el tiempo mejoró, que la policí­a no es tonta. Desde aquí­ les doy las gracias por venir, por adentrarse en mi pequeño espacio en Berlin, y por dejarme enseñarles lo poco que pude aprender de esta ciudad, y de su gente­. Por permitirme alternar la rutina del trabajo con otras actividades, con visitas a monumentos ---que lo mismo no habí­a visto, o que ya habí­a visto decenas de veces---, con cervecicas en las terrazas de los bares, o simplemente con tirarnos en la hierba de un parque, ellos para descansar de un dí­a agotador de turismo, y servidor para despejarse del trabajo con esa caja que la llaman lista y no lo es. También un lo siento pequeñico, para aquellos que os hice andar más de la cuenta, y para aquella que se corrió Berlin en bici y embarazada, sin rechistar, y aguantando como una campeona. También a los que abandonaba por la mañana bien temprano para ir a trabajar, y a los que no fui a recoger al aeropuerto, y con los que no me eché aquella foto que cada vez que la veo, me acuerdo de lo tonto y absurdo que puedo ser a veces. Lo siento.

Tampoco me importa porque vuelvo a mi casa, ¡¡qué pijos!! Ya queda menos para volver con todos, volver a la playa, torrarme al sol mientras me rompo la cabeza a ver si hace buen dí­a o si el lebeche viene demasiado fuerte para sacar el catamarán, comer manjares con amor de padre y madre, de esos que por más lo intentas nunca te salen igual, y de volver a disfrutar de horas de tertulia con el personal y de siestas en la hamaca mientras te llega la brisa del mar. Echo a andar. Atravieso la puerta que me permite abandonar la zona de recogida de maletas. Me encanta esta escena en la que la gente se agolpa para recibir a los suyos. Todos partiéndose el cuello buscando ese momento, el momento en el que ver una cara te enchufa una de las mayores inyecciones de alegrí­a que se puedan describir. Allí­ veo a mi madre. Su sonrisa y sus ojos destacan en su cara morena por el sol del verano, sobre todo los ojos, esos que te pone una madre cuando te vas lejos o cuando vuelves después de mucho tiempo, esos ojos que se te agarran al pecho con tanta fuerza que incluso te obligan a parar mientras escribes esto meses después. Ha venido con mi tí­o, que mi padre trabajaba, y ellos me llevarán a donde están los demás: mi padre, mis hermanos, mi familia, mis amigos, mi gente. Bajo del coche. Un guantazo de calor húmedo y el olor a brisa de mar me levantan el flequillo. Ya estoy aquí­.

¿Y de volver, qué? Me niego a terminar este blog con un "volveré" o algo por el estilo. Sólo diré que en cierto edificio de Berlin, en su bodega, está aquella bicicleta que tantos kilómetros ha recorrido conmigo durante estos seis meses de visita. Aquella bicicleta que nunca me dejó tirado, y que llegó a entenderse conmigo a las mil maravillas. Aquella bicicleta que nunca se fue con otro, aunque ya la compré a conciencia, ¡mira que era fea la joía! En su portaequipajes ---si se le puede llamar así-­-- hay una caja de zapatos bien asegurada con precinto blanco del barato. En su interior, algunos objetos que ninguno de los herederos lí­citos de mis pertenencias berlinesas necesitaba. Entre ellos, un tazón de loza para desayunar bien antes de ir al trabajo, un recipiente de horno para hacer asado los fines de semana y bizcochos para las cenas con amigos, algún otro útil de cocina, y herramientas para arreglar la bici y hacer chapuzas varias. En su rueda trasera entremezclado con el cuadro, un candado cuyas llaves sólo tengo yo. Todo una declaración de intenciones.

Aunque esta entrada se titule "Punto y seguido", este blog termina aquí. Muchas gracias por leerme y aguantarme, ha sido un placer. Un beso.

sábado, 30 de julio de 2011

Nice at work

It was everything nice at work. I still remember my first day. It was cloudy, cold,... but I was there. With a hundred kilos of baggage on my back, waiting for Stefan just where he had said to me. Just there started my first day at work, in which I became a new member of the T-Labs and I received my computer ---which a few months later was going to be my worst nightmare. At the end of that day I went with Stefan ---mi work mate---, Sebastian ---the boss---, and other colleague to have dinner. Some pasta and several german beers to make the first cultural exchange. We talked about things like Spanish people living in caves, the peculiarities about the position of Bayern within Germany, the skills of president Zapatero, and about red-face Germans wearing sandals with shocks when they come to Spain. Nice!!


Stefan was always close to me, helping me and teaching me german manners. It was funny to learn how Germans behave in different situations, sometimes different to Spanish, but sometimes surprisingly similar. Matthias was also there, specially when Stefan was out. They both, as well as the rest of the crew, helped me a lot to be self-sufficient in the city, and to make my adaptation process as simple as possible.

I am sorry guys. I know I was talking all the time about Spain, Spanish people and manners, the beach, my town, my land... Sorry, I am in love with them, and I can not stop talking about it. I know I was always asking about German stuff as well, sorry again. But it was nice, I guess. Sometimes I remember and miss lunch time over there: the last-generation elevator, the spicy lentels Indian-style, and ask for meat with sauce using my german skills and get mushrooms from the waitress. And people being silent after lunch... It is not possible here.

I also enjoyed the summer party. I think it was there when I really understood a thing some Spanish friends told me the first week I was in Berlin. It was something like "In Spain you have a lot of buddies, but only some of them are actually your friends. However, in Germany you will have few German buddies, but all of them will be real friends." True story.

I hope to come back guys. There are still a lot of things to do there, places to visit, avenues to ride with my bike, people to know, and beers to drink. Moreover, I miss to have a picture with you guys, so I think this is a good excuse for a new invitation :-) Not in winter, please.

Vielen Dank, und Umarmungen für alle!!
Sure it is wrong, sorry, but I confess I speak German in the privacy.

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Todo fue muy bien en el trabajo. Todavía recuerdo mi primer día. Estaba nublado, hacía frío, pero allí estaba. Con unos cien kilos de equipaje en la espalda, esperando a Stefan justo donde me había dicho. Justo allí empezó mi primer día de trabajo, en el que me hice miembro de los T-Labs y en recibí mi ordenador, el cual unos meses después se iba a convertir en mi mayor pesadilla. Al final de aquel día fui a cenar junto a Stefan ---mi compañero del trabajo---, Sebastian ---el jefe---, y otro compañero. Algo de pasta y varias cervezas para llevar a cabo el primer intercambio cultural. Estuvimos hablando de varias cosas, como por ejemplo los españoles que tienen cuevas para vivir, el extraño caso de Baviera en Alemania, las habilidades de Zapatero, y los alemanes de cara roja que llevan sandalias con calcetines cuando vienen a pasar el verano a España. ¡¡Estuvo bien!!

Stefan estuvo siempre cerca de mí, ayudándome y enseñándome las costumbres de los alemanes. Fue muy divertido aprender cómo los alemanes se comportan en ciertas situaciones, a veces diferente a como lo hacen los españoles, y otras sorprendentemente parecido. Matthias también estaba allí, sobre todo cuando Stefan no estaba. Ellos, junto al resto del personal, me ayudaron mucho para que pudiera valerme por mí mismo en la ciudad, así como para hacer mi proceso de adaptación lo más sencillo posible.

Lo siento chicos. Sé que estaba todo el tiempo hablando sobre España, su gente y sus costumbres, la playa, mi pueblo, mi tierra,... Lo siento, estoy enamorado de ellos, y no puedo evitar nombrarlos en cuanto tengo ocasión. También sé que no paraba de preguntar sobre Alemania y los alemanes, soy muy curioso, lo siento. Pero estuvo bien, supongo. A veces me acuerdo y echo de menos irme a comer con todos vosotros: ese ascensor de última generación, las lentejas picantes y con albaricoque al estilo indio, y pedir carne en salsa usando mi alemán y que la camarera me diera champiñones. Y eso de la gente callada en la sobremesa... eso no pasa aquí.

También me encantó la fiesta de verano de la empresa. Creo que allí fue cuando realmente entendí una cosa que unos amigos españoles me dijeron la primera semana que estaba allí en Berlin. Era algo tal que así: "En España tienes muchos colegas, pero sólo unos pocos de ellos son tus amigos. Sin embargo, aquí tendrás pocos colegas alemanes, pero todos ellos serán amigos de verdad." Cierto que es.

Gente, espero volver alguna vez. Me quedan todavía muchas cosas por hacer allí, sitios que visitar, calles que recorrer con mi vieja bicicleta, gente por conocer, y cervezas por beber. Además, echo de menos tener una foto con vosotros, lo que creo que es una buena excusa para que me invitéis de nuevo :-) Pero no en invierno, porfa.

Vielen Dank, und Umarmungen für alle!! (Muchas gracias, y un abrazo para todos.)
Seguro que está mal escrito, lo siento, aunque os confieso que hablo alemán en la intimidad.

jueves, 28 de julio de 2011

A la orilla del río

El rí­o es un elemento muy importante en Berlin. El Spree atraviesa todo Berli­n desde el oeste al este de la ciudad, siendo navegable en la mayorí­a de sus tramos. Éste surca varias de las zonas más representativas de Berlin, ramificándose hasta llegar al Bundestag, atravesar el Tiergarten, y dar forma a lugares tan hermosos para la vista como la Isla de los Museos. Sobre él están montados varios negocios: transporte de algunas mercancí­as, rutas turí­sticas, etc. Pero lo más importante es que se trata de un rí­o vivo. Pasaremos rápido por el invierno, estación en la que el rí­o llega a congelarse en la parte más superficial, indicándote que a la mañana siguiente te vas a cagar cuando digas de tirar para el trabajo. Es en verano cuando la vida del rí­o parece efervescer.



Cuando sale el sol, la gente se agolpa en sus dos orillas para tomarse algo, tocar la guitarra, comer, cenar, o simplemente para observar. Son decenas los bares, discotecas, terrazas, etc. que se agolpan a la orilla del rí­o. Y cada vez que es posible, una playa artificial se apodera del terreno, ofreciendo al personal tumbonas, chiringuito, redes de voley, y en algunos casos escenarios en los que se celebran conciertos y festivales con bastante frecuencia. Eso sí­, de bañarse nada, que el agua está más negra que el tizón, y de temperatura no me quiero ni imaginar.



Con la noche sigue la función. La muchachada acude a los cientos de spätis turcos para cargar sus mochilas con cervezas que luego disfrutarán a la orilla del rí­o. Si hay suerte, en una de las tumbonas que quedan libres, y en las que nadie te dice nada por ocupar. También eran bastante comunes los bailes. El más famoso: el del bar Theatre. Decenas de personas se juntaban frente al museo Bode para bailar bachata, salsa, merengue, y yo qué sé más. Desde el puente de Reinhardstr. se podí­a gozar del espectáculo en el que, a pesar de la dudosa calidad de los participantes, lo que de verdad importaba era la jarana y el pasarlo bien. De fondo, los museos iluminados, las ví­as del tren y la Torre de la Televisión.
 

Pero sin duda mi recuerdo del rí­o está más cercano al final de mi estancia en Berlin. Aún habiendo cientos de trozos de orilla más preciosos, mi preferido era uno que estaba a mitad de camino entre mi última casa y mi trabajo. Un punto en el que parecí­a que cuatro rí­os confluí­an como si de los rayos de un sol naciente se tratara. Allí­ mismo me detuve varias veces a mirar, a relajar los ojos después de tantas horas de ordenador, a comer y a tomar el sol cuando Cristina hací­a menú de tupperware, y donde hice una barbacoa con Paco, Laura, Sandra, Maya, Pilar y su novio --de cuyo nombre obviamente no me acuerdo-- en uno de los simulacros de mi despedida.

sábado, 23 de julio de 2011

Potsdam express

Nos sentamos en el S-Bahn. Cristina saca de su bolso un paquetito de papel aluminio y lo abre. Justo como le encargué: tres trozos de bizcocho y unas cuantas onzas de chocolate. Merendamos por el camino porque no hay tiempo que perder, ya que tenemos sólo unas 4 horas para ir a Potsdam y visitar la ciudad. Junto a nosotros dos bicicletas preparadas para la aventura, porque a mi juicio, visitar Potsdam en bicicleta tiene muchas ventajas, sobre todo la de no tener que andar "una parvá kilómetros".

Potsdam es una ciudad barroca muy cercana a Berlin --a poco más de 25 kilómetros-- la cuál ha sido escenario de grandes momentos de la historia del mundo. Se trata de una ciudad llena de palacios y atracciones históricas, y donde tres cuartas partes son espacios verdes. Se sitúa al lado del río Havel, y posee alrededor de 20 lagos y ríos.


Nada más llegar a la estación bajamos las bicicletas del tren y nos dirigimos hacia la puerta principal. Después un rato viendo para dónde deberíamos tirar, y de algunos cientos de metros en dirección contraria, conseguimos "engarruchar" el viaje que teníamos preparado para aquella tarde. Los monumentos no se hacen de rogar. Nada más cruzar el Lange Brücke llegamos a la Nikolaikirche, una iglesia que sospechosamente tenía un aspecto mucho más nuevo del que debería tener. Un poco más de bici y nos encontramos con la versión local de la Puerta de Brandenburgo. Tampoco era gran cosa, aparte de ser bastante más pequeña que su homóloga en Berlin, por lo que de momento íbamos pinchando.




Sin embargo, la cosa iba a mejorar pronto. Después de un ratito en bici con una temperatura espléndida, llegamos a la atracción más popular de la ciudad, el Parque de Sanssouci, un parque de grandes dimensiones en cuyo recinto se encuentran siete palacios y palacetes de estilo barroco. Mientras paseábamos por sus enormes jardines que a veces parecían bosques, no parábamos de encontrar sorpresas. Desde palacios con los que más quisieran contar entre su patrimonio muchas ciudades españolas hasta una casita del té china, la cual parecía bañada en oro. Y es que el Palacio Sanssouci es una de las joyas de la ciudad que el rey Federico el Grande ordenó construir para vivir “sin preocupaciones”. Este palacio está situado sobre una colina, rodeado de viñedos, que transmiten tranquilidad y sosiego. Por todo ello fue nombrado en 1991 por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad.




No podíamos marcharnos de este lugar sin visitar el Molino Histórico y al flautista de Sanssouci; cuenta la leyenda que Federico II de Prusia, fijó la existencia de un molino que, a su juicio, le estropeaba las vistas del paisaje o le impedía ampliar los terrenos del palacio, aquello le trajo algún problema que otro, no haciendo honor al nombre del palacio. La música también estuvo presente en este hermoso lugar. El rey Federico fue un gran amante de este lenguaje universal, hasta el punto de mantener una orquesta propia y realizar numerosos conciertos en su palacio. Era un flautista aceptable y llegó a componer varias obras para ese instrumento.



Ya no nos queda mucho tiempo y tenemos que coger el último tren. Aprovechamos la vuelta para dar un paseo en bici por el centro de la ciudad, donde calles pequeñas y agradables contienen construcciones pintorescas. Una de las más curiosas es el Barrio Holandés, con sus casas de ladrillo que a veces parecen pertenecer a una fortaleza. Nos faltó tomarnos una cerveza allí, pero el tiempo no lo permitía. También son interesantes las tres puertas de la ciudad, que aún siguen en pie.

Sin duda Potsdam se trata de un lugar con encanto para pasear deliciosamente por eternos jardines y desconectar de la vida de una capital como Berlin. Yo la recomiendo para visitas a Berlin de a partir de cuatro o cinco días, y si es en bicicleta, mejor que mejor.

Muchas gracias Eve por las descripciones.

miércoles, 20 de julio de 2011

Tolerante por defecto

Paco y Celia llevan unos cuatro días aquí, pero ya antes de venir me avisaron de que la fiesta de hoy no nos la podíamos perder. "Por supuesto que no", les respondía siempre. Y es que hoy es el Christopher Street Day, o lo que viene a ser el Día Internacional del Orgullo Gay, el cuál en Berlin también se celebra por todo lo alto. Una vez los bocadillos y las cervezas en la mochila, nos acercamos al punto de encuentro donde se supone que los demás debían de estar esperando.


Una vez nos encontramos todos, y después de algunas decenas de minutos andando con una orientación casi nula mientras nos guiábamos por el ruido del desfile, encontramos nuestro sitio. A los pies de la mismísima Diosa de la Victoria montamos el campamento base. Cientos de jóvenes y no tan jóvenes tirados en el césped de aquella redonda aguardaban la llegada del desfile para, una vez allí, acompañarlo hasta su destino: la Puerta de Brandenburgo.

La cabeza del desfile acaba de alcanzarnos. Abriendo la cabalgata nos encontramos a tres personajillos que no dejan indiferente a nadie, y cuya ya madura edad era directamente proporcional a la escasez de tela en los bikinis que portaban. Detrás de ellos una "rubiaza" con vestido rojo cabalga rodeada de los que parecen sus fieles escuderos, ya que sus tacones la elevan hasta más de los dos metros de altura, dejando a los demás en un segundo plano.




Ya llegan los camiones. Un buen montón de trailers que ya quisiéramos tener para nuestras carrozas vienen por la calle arriba como un grupo de gusanos procesionaria. Alrededor de cada uno de ellos un grupo de gente sostiene un cordón que marca una barrera imaginaria que ninguno de los espectadores puede atravesar. Dentro de cada uno de ellos, miles de watios de sonido hacen que el suelo retumbe mientras el extasiado personal de los camiones baila, insinúa, y alguno que otro enseña. Algunos de ellos aprovechan para lanzar su merchandising; es el escaparate perfecto. 



Entre todas las carrozas veo una que me sorprende. La verdad es que casi todas me sorprendieron, pero ésta fue en otro sentido. Es una carroza del partido de la Merkel, que para quien no lo sepa, su partido se llama Unión Demócrata Cristiana de Alemania. Entonces tú vas y te sorprendes, y te preguntas a ti mismo qué hace una carroza de este partido en todo este tinglado. Entonces de repente piensas: ¿y por qué no? ¿Por qué tenemos que asociar un rechazo a unos colores o nombres de partido político? ¿Por qué tenemos esa idea en la cabeza? Entonces me quedé reflexionando --la cerveza todavía me lo permitía-- mientras la carroza más recatada del desfile, donde una treintena de jóvenes agitaba globos azules, se alejaba en dirección a la Puerta de Brandenburgo.


Y es que el hecho de que esté esta carroza en este desfile tiene una doble lectura, al igual que la tiene con muchas otras carrozas más. No sé si ya lo habré dicho en alguna de las entradas antiguas, pero al poco de llegar a Berlin me di cuenta muy rápido de que aquí, todo lo que huele a nazi, huele a mierda --con perdón--. Y es que parece ser que la intolerancia y la prohibición excesiva no tienen cabida en la sociedad alemana, donde supongo que cualquier detalle como éste podría ser utilizado como arma arrojadiza contra cualquiera, sobre todo cuando un puñado de votos están en juego. Un simple ¿te acuerdas de...? sería suficiente para mentar la bicha. Ser tolerante, suficiente para callarla.


Llega la noche y los camiones ya no pueden avanzar. Se han convertido en discotecas móviles repartidas por toda la avenida 17 de Junio, las cuales nos permiten seguir la fiesta unas cuantas horas más. Más hacia la Puerta de Brandenburgo se encuentran casetas con comida y un escenario. La fiesta acaba a horario berlinés: la una de la mañana. Y la fiesta sigue en los cientos de locales repartidos por todo Berlin. Pero sólo nos quedan fuerzas para repostar en los puestos de comida y volver a casa, que a la mañana siguiente volvía a levantarse un largo y agotador día.

domingo, 17 de julio de 2011

Respuesta de Pedro, Andrés y Marcos

Aunque para nosotros no es una novedad hacer un largo viaje, nunca nos acostumbraremos a las sensaciones contradictorias al comenzarlo. Los nervios al ultimar los preparativos, las tristes despedidas,... Estaremos tiempo sin ver a los nuestros, nos perderemos momentos importantes de sus vidas, momentos de felicidad y de tristeza. Sabemos que sufrirán por nosotros y que los tendremos pendientes de las noticias internacionales, rezando por que no nos pille ninguna desgracia por donde pasemos y por que tengamos un viaje seguro. 


Comienza tu viaje, un nuevo proyecto, un sueño, una ilusión. Quizás llevados por nuestro propio entusiasmo, nuestros ojos hoy ven en positivo al llegar al ecuador del viaje, Berlín. Imponente Brandenburger Tor y el Reichstag, sorprende aún más el ver unos rostros conocidos andando por las calles de Berlín, el de Eze y Evelina. Tras los saludos oportunos nos comentan que no podemos perdernos unas casas okupas que hay unas calles arriba; desde luego esa información no podía faltarle a Ezequiel. Descubres artistas de todo tipo que te reciben y te cuentan sus historias, su arte. En cada uno de los pisos se realiza una actividad: cine, teatros, talleres,... No nos queda tiempo y vamos al encuentro de Pedro. 


Entre la multitud aparece en su bicicleta y me sorprende el gesto al vernos, nos contagia de alegría, pues en este tipo de situaciones las cosas se perciben de otra manera. Estás en territorio de nadie y de todos, es una persona querida, de tu tierra añorada. Nos lleva a tomar unas cervezas en un rincón donde merece la pena pararse para sonsacar los secretos y los placeres de un trozo de mundo donde el tiempo parece agradablemente pararse. Llega la hora y tenemos que continuar. Nunca me gustaron las despedidas, pero atrás dejamos grandes momentos vividos con grandes personas. Un fuerte abrazo camaradas!!


Muchas gracias por la respuesta. Ya nos vemos aquí para que me contéis vuestra segunda mitad de viaje, que seguramente estará tan llena de divertidas anécdotas como la primera. Un abrazo.

viernes, 15 de julio de 2011

Recalculando: la historia de 27 horas en Praga

Mientras los huéspedes de la pensión El Tío los Pollos duermen plácidamente, se me ha ocurrido desde mi destierro Napoleónico en la Isla de Elba --el balcón donde salgo a fumar-- escribir una entrada para este blog. Y es que hemos pasado un par de días en la maravillosa ciudad de Praga, urbe llena de magia y encanto, y repleta de rincones dignos de cualquier párrafo de los libros de Kafka. Ante todo dar gracias a los elementos por habernos dejado disfrutar de Praga en todo su esplendor. Nos ha hecho un tiempo radiante y hemos podido deleitarnos de los colores y la luz cautivadora de una ciudad que te retrotrae a épocas pasadas, y te teletransporta un par de siglos atrás en el tiempo, envolviéndote en una atmósfera de cuento digna de una ciudad monumental.


Nuestra aventura comenzó a las siete de la mañana del viernes. Quien me conozca sabe que prácticamente es mi hora de dejarme abrazar por los brazos de Morfeo, pero “el que algo quiere algo le cuesta”, así que bien temprano fuimos al aeropuerto de Tegel a recoger un flamante Focus la señorita Evelyn Turner, el Tío los Pollos y un humilde servidor. El coche estaba dotado no de uno, sino de dos graciosos compañeros que nos harían el viaje más sencillo: dos navegadores GPS de última generación. En pocos segundos configuramos la ruta y respondieron: "¡¡Recalculando!!".


El Tío los Pollos se puso a los mandos del vehículo, yo dispuesto a ser el mejor Luis Moya y la señorita Turner se acomodó en el asiento trasero, ya pensando en el sueñecito reparador del que iba a disfrutar mientras nosotros departíamos sobre la necesidad de girar hacia derecha o izquierda, o la suma de dinero que deberíamos abonar si nos cazaba el radar por el exceso de celo en llegar a Praga.


El viaje en sí duró como unas cuatro horas, pero este largo camino merecería la pena con creces. Nada más entrar a la ciudad vimos unas graciosas señales de tráfico de la europa del este que no entendería ni el mismísimo Mijail Gorbachov. Entre ellas, una preciosa. Una cámara de fotos antigua de lo más currada que no sabíamos si era un lugar digno de echar una foto, un monumento al que ir a visitar, o una sesión de fotos o pase de modelos de algún modisto local. La bonita señal al final resultó ser... ¡¡el radar!! Esperemos que la tarjeta de crédito de la que nos tomaron los datos no eche humo en unos días, y la bonita señal de la cámara de fotos no nos salga cara.


Ya en Praga Centro, y mientras el gps recalculaba y recalculaba debido a que el alcalde de la ciudad debe ser primo o pariente cercano de Gallardón, nos dimos cuenta de que algunos de los monumentos tienen más mierda que el palo de un gallinero y lucen de un color negro como el tizón. El tema del presupuesto para limpiar y restaurar lugares dignos de interés se lo están gastando en obras. Mientras observábamos aquellas obras de arte llegamos al Hotel Julian en un periquete.


Una vez dejados los bártulos en el hotel, seguimos las instrucciones del amable recepcionista y nos dispusimos a dejarnos guiar por las líneas del vetusto tranvía en dirección al río Moldava --Vitava en checo-- en dirección al puente de Carlos, Karlov Most, arteria turística principal de la ciudad que une el barrio de la Ciudad Vieja con la zona de Mala Strana.



Una vez ya en el puente de Carlos vino a nuestras mentes el recuerdo de Roma y uno de los puentes que lleva al vaticano, debido a la similitud de ambos y a la retahíla de estatuas de santos que lo flanquean a ambos lados. Situado en el centro del puente, mires a derecha o izquierda, las imponentes torres decoradas con banderolas te sumergen en otra época y le confiere un aire medieval que embriaga y emociona al visitante, a la par que le invita a elegir. Nosotros nos decantamos en continuar nuestro paseo hacia la zona del Reloj Astronómico (Old Town) dejando para otro momento la visita forzada a Mala Strana.



El paseo por las calles de la ciudad vieja te deparará un sinfín de pequeñas plazas y recovecos de lo más ameno. Simplemente dejándote guiar por la marea humana te sumergirás en la ciudad casi sin darte cuenta. Lentamente y absorto por la cantidad de tiendas que hay en cada calle llegarás a un pequeño mercadillo repleto de miles de baratijas, abalorios, juguetes, fruta fresca, brujas, marionetas y un largo etcétera en el que hacer una pausa antes de llegar a la Plaza de Wenceslao, no sin antes haber disfrutado en la plaza del Reloj Astronómico. Este reloj es extremadamente original, incluyendo los símbolos del zodiaco entre otro detalles. Cada hora en punto un esqueleto hace sonar las campanas mientras un mecanismo hace que unas figuras de santos aparezcan en unas ventanitas a ambos lados del reloj. Al terminar el mecanismo, un soldado comunica la nueva hora haciendo sonar una trompeta, el cual permite al soldado ir comunicándose con cada una de las torres de Praga, las cuales hacen sonar sus trompetas a modo de respuesta de forma encadenada, como si se tratara de fichas de un dominó que van cayendo.


Por otro lado a la izquierda del puente de Carlos encontramos el barrio de Mala Strana, el cual envuelve un enorme parque e incluye una serie de calles repletas de tiendas situadas a los pies del impresionante castillo. En un corto ascenso podrás encontrar seguramente las mejores vistas de la ciudad de Praga, y tras visitar el castillo, durante la bajada puedes encontrar una zona de viñedos en los que disfrutar de una copa de vino. Cabe destacar también que uno de los platos típicos es el Gulasch, una especie de estofado de pollo, cerdo o ternera, ligeramente picante y acompañado de patatas y pimientos.


Ya al oscurecer la ciudad se ilumina y su encanto se multiplica a la orilla del Moldava, inundando de romanticismo la noche y dotando a Praga de un paisaje y vistas sin igual. Personalmente es una ciudad para una escapada de fin de semana, ya que en un par de días podrás empaparte de la esencia de la capital de la República Checa y disfrutar de su encanto sin igual.



Muchas gracias bro por tu entrada en el blog. Me hacía mucha ilusión que participaras en él. También gracias a ambos por el viaje, y por lo bien que nos lo pasamos.

martes, 12 de julio de 2011

Nos vemos en el Puerto

¡¡Que alegría da ver a gente del Puerto por aquí, pijo!! exclamaba Marcos "el Chorros" al cruzarnos con él, Pedro "el Negro" y Andrés "el Tripas". ¿A que se ven raros los apodos cuando los estás leyendo? A mí me ha pasado. A lo que vamos. La cosa es que uno de los destinos de su periplo por Europa resultó ser Berlín. ¡Prohibido perdérselo, por supuesto! Y cómo no, el orgullo lumbrerense nos impedía no quedar al menos para tomar una cerveza y mantener un rato de agradable conversa, aunque hubiera que remover cielo y tierra. Un par de llamadas fueron suficientes para fijar un punto de encuentro en el que poder coincidir con ellos, y también con mi hermano Eze y mi cuñi-2, que estaban danzando por allí quemando sus últimos cartuchos de aventura turística en la ciudad.


Mientras nos tomamos los refrigerios me comenta Pedro que ellos también tenían la idea de hacer un blog o algo parecido para contar sus aventuras, y que así la gente los fuera siguiendo. Sin embargo, me dice que los costes de un internet móvil internacional eran prohibitivos, privando así al personal de los lances y aventurillas de su viaje en furgoneta atravesando gran parte de Europa. Éste es mi pequeño homenaje a ellos, y mi granito de arena a lo que ya os estarán contando en mensajes y llamadas.


Nos cuentan historias de su viaje, de bastantes horas en la carretera amenizadas con comida, películas en ordenador, siestecitas, etc. --es lo que tiene disponer de una furgoneta hippie--. Nos cuentan cómo se jugaron una buena multa para meter la furgoneta en los mismísimos pies de la Torre Eiffel para echar una foto, lo maravillosa que es Brujas, el enjambre de bicicletas que hay en Amsterdam, y muchas más historias en las que destacan las de conducción temeraria a causa del desconocimiento innato de un buen tío de los pollos. Se me ponen los pelos de punta de escucharlos, pero no se lo digo, dejo que cuenten. Es un viaje que siempre he querido hacer. Creo que es un modelo que va conmigo: el de ver las ciudades pero no exprimirlas, y el de compartir horas de carretera con los tuyos y algún extraño que encuentres en el camino. Creo que no hace falta que se lo recuerde, pero será una experiencia para escribir dos o tres blogs como éste.

Para los interesados. Se les ve muy bien, muy contentos con lo que están haciendo, para nada cansados y con unas ganas inmensas de continuar con el viaje. La furgoneta está aguantando como una campeona, a pesar de algún pequeño detalle técnico de menor importancia. Se nos hace la hora. Ellos tienen que comprarse algo de cenar y tirar para Potsdam, donde está el cámping en el que van a pasar la noche. Nosotros tenemos que ir al supermercado antes de que cierren. Nos despedimos en la puerta de los Patios Judíos (ver). Nunca me acostumbraré a los saludos y a despedidas con gente del pueblo, pero fuera de él. Me resulta raro cómo cambia nuestra forma de actuar, ya sea en Berlín o en Totana. Pero me gusta. Mucha suerte en el camino, y nos vemos en el Puerto.

lunes, 11 de julio de 2011

Un finde en Hamburgo: por la noche

(viene de Un finde en Hamburgo: por el día)

Hamburgo por la noche cambia bastante. Podríamos decir que es otra de esas ciudades que se parecen bastante poco al resto de Alemania, y es que hay movimiento y jarana por doquier, pero ya iremos a eso.

Vamos a empezar por la iluminación de la ciudad. Como podéis apreciar en las fotos, Hamburgo es una ciudad bastante bien iluminada. Por una parte tenemos la zona del puerto. Desde el metro se puede apreciar un puerto inmenso repleto de grúas que parecen incansables incluso de noche. Todos los muelles, instalaciones, grúas e incluso algunos barcos permanecen iluminados indicando actividad en uno de los puertos más importantes de Europa. Por otra parte tenemos el centro de la ciudad, mucho más fácil de distinguir que en Berlin. Aquí sí se puede distinguir esa madeja de edificios gigantones e iluminados que delimitan el centro de casi cualquier urbe.



Después de ducharnos en el hostal y cenar un par de pizzas, continuamos nuestro viaje en el metro. Dirección: el barrio de St. Pauli. Aparte de ser uno de los barrios más conocidos por la gente ajena a Hamburgo, y ser el nombre de un equipo de fútbol muy famoso en Alemania por su procedencia obrera y su símbolo igual que una bandera pirata, se trata del barrio rojo. No he tenido la suerte de estar en el de Amsterdam, pero si es mejor que éste tiene que ser ya la bomba. Salimos de la estación y no tenemos ni idea de para dónde tirar. No importa. La marea de gente --muy útil cuando no tienes ni idea de a dónde ir-- nos indica que debemos de salir por la escalera derecha de la estación y seguir hasta el final de la calle. Los luminosos de los bares, pubs, discotecas, clubs, etc. también actúan como faro. No hay pérdida, estábamos llegando.


Cada vez aparece más gente, y la nube de luces de neón se hace más espesa. Se hace difícil elegir entre un local u otro, porque todos son apetecibles. Seguimos andando en busca de uno de los lugares que nuestra amiga --la de la open-air party-- nos había recomendado. Cuanto más andamos más nos recuerda a algo que ya habíamos visto: Benidorm. Aunque podríamos decir que con algo más de calidad. Bastante más. Muchos bares apiñados, luces por aquí, luces por allá, cientos de extranjeros --véase que para mí los extranjeros siguen siendo los no españoles, aunque esté en la Conchinchina-- borrachos y gritando todo lo que no han gritado en su vida de rutina. Nos metemos en un par de bares de entre los mil que hay para elegir.


Como todo barrio rojo, además de bares hay industria del sexo. Por la parte por la que andamos no apreciamos ningún tipo de escaparate al estilo Amsterdam. Lo que sí podemos ver es varios locales de peep-show con sugerentes reclamos en la entrada, pero nada de carne y hueso. Al día siguiente nos enteramos de que sí hay una parte más al estilo de la del barrio rojo de Amsterdam, pero con acceso más restringido para controlar la entrada de posibles menores de edad. Un paseo por allí para curiosear no hubiera estado de más. A la próxima.


Ya eran sobre las cuatro y pico de la mañana, y ya el único baile que sabíamos ejecutar era el del abrimiento de boca, y encima compitiendo para ver quién lo hace más largo. Tomamos el camino de vuelta al hostal con arrepentimiento por no quedarnos más rato, y a la vez con alivio por poder tirarnos de una vez en nuestras literas y cocer todo el día, que había empezado a las cinco y media de la mañana y por aquí íbamos. Bonita ciudad Hamburgo a la que he tenido la suerte de volver después de un par de años, y con un plan totalmente diferente. Visita recomendable cien por cien.

domingo, 19 de junio de 2011

La reina del tour y cía.

Ha sido muy agradable visitar esta ciudad. Me ha gustado mucho y ha resultado sobrecogedor el pensar lo reciente de la historia tan brutal que han vivido los berlineses, ya que se puede observar que la ciudad se sigue recuperando.


Lo que más me ha llamado la atención ha sido que por primera vez me he sentido cómoda en una gran ciudad, ya que parece que se vive con menos estrés con respecto a otras grandes ciudades en las que he estado. Para mí, dos son los principales motivos. Por un lado el que se vean menos coches circulando, como consecuencia de lo mucho que se utiliza la bicicleta, y por supuesto por lo bien que funciona el transporte público, donde también se permite subir las bicis. Otra razón es que la ciudad tenga tantas zonas verdes y los berlineses las utilicen a tope. Es muy frecuente ver a la gente tumbada en el césped tomando el sol, de picnic, o bañándose en las fuentes. También resulta muy chocante ver las playas que se montan el cualquier sitio, lo que me recuerda la canción de Mecano: "Hawaii-Bombay es un paraíso que a veces yo me monto en mi piso".






Estas observaciones las he podido hacer gracias al buen tiempo que nos ha hecho. Cuando esté todo lleno de nieve será otra cosa, ¡no me los imagino esquiando por allí! Pero lo que no cabe la menor duda es que hemos tenido un GUÍA maravilloso; gracias a eso hemos podido ver muchas cosas y además comer bien en alguna ocasión. Quisiera destacar un detalle por parte del guía: aquella maravillosa sombrilla que apareció en el mejor momento, ¡y no llovía!


Por lo que respecta a los alemanes lo hemos tenido muy crudo, ya que con el único idioma que nos podríamos haber comunicado era señalando, y ni te miraban --algunos de reojo--. Mater dice que sobre el concepto limpio pero espeso, más espeso que limpio. El tito y tú padre quieren dejar claro que las cervezas buenas se las toman en España, por mucha fama que tenga la cerveza alemana. Lo mejor: un quinto de Estrella Levante bien frío, y de tapa un pepino español, sin “E.Coli”.
Gracias por todo, muchos abrazos y hasta pronto.


La reina del tour y compañía




El tío los pollos sí que os da las gracias. Un beso muy fuerte, que ya falta poco para vernos a la orilla del mar.
Por cierto, ya que hablamos de pepinos, los alemanes se parten la caja cuando les cuento lo de ponerse el culo del pepino en la frente para refrescarse en verano.

martes, 14 de junio de 2011

Un finde en Hamburgo: por el día

Hace algunas semanas, bastantes ya, fuimos a Hamburgo. Paco, Andreana, Manuela --sí, son italianas-- y yo nos montamos en un tren regional a las 7 de la mañana rumbo a esta ciudad, que se encuentra al oeste de Berlin, y un poquito más al norte (ver). Viajar en los trenes regionales es un auténtico aperreo, porque se paran en muchos sitios, y tardas en llegar la vida. Eso sí, son mejores que nuestros cercanías, y encima hay un billete que se llama "schönes Wochenende" --que viene a decir algo como "fin de semana agradable"-- y que por 40 euros pueden viajar hasta cinco personas todo lo que quieran durante ese día, y en esos trenes.



Una vez que llegamos, nos pusimos a recorrerla guía en mano. Hamburgo tiene cantidad de edificios históricos de estos puntiagudos de estilo centroeuropeo que tanto nos gustan. ¿Iglesias? Por un tubo. ¡¡La virgen!! --nunca mejor dicho--. Yo no sé si es que esta gente se tiraba todo el día rezando, o tenían subvención, o un Plan-E de iglesias, pero construyeron de sobra. Pero bueno, como a mí el tema eclesiástico no es que venga mucho --ups!!--, donde más me detuve fue en el Ayuntamiento, que este sí que mola.

El Ayuntamiento en sí no es que sea un edificio que te deje ojiplático: es grande y bonito, tiene muchos detalles puntiagudos --siguiendo la tónica alemana--, tejado verde --no falla--, nada en especial. Pero el ambiente que hay en esa plaza sí era especial. Mucha gente por allí. Movimiento por todos lados: coches, bicis, bici-taxis, gente comiendo, gente bebiendo, y artistas, muchos artistas. Además, fue el primer día que hizo calorcito de verdad. Eso significa "alemanes enloquecidos por cualquier mínimo reducto en el que entre la luz solar". Y así fue.


En el centro de la ciudad hay un lago muy grande. Una de las principales cosas que caracterizan a este lago es un auténtico "chorraco" en plan géiser que sale desde la profundidad. Nosotros tuvimos suerte de que aquel día hiciera bueno. La gente se agolpaba en los laterales del lago tomando el sol vuelta y vuelta, torrándose la piel cual pollos en la máquina, ya que debería de hacer, por lo menos, 25 grados. Y yo ahí, con mis pantalones de pana, mi chaqueta, mi palestina, y mi gorra, ¡¡con dos cojones!! ¿Y yo qué iba a saber, si el día de antes en Berlin nos estaba lloviendo y refrescaba de lo lindo? Pues nada, a remangarse.




Pero bueno, para mí lo mejor del lago llegó un rato después. Seguimos caminando, pasamos un puente que divide el lago en dos, y aparecen cientos de barcos de vela, barcas, patinetes, y cualquier elemento flotante que pudierais imaginar. Mientras una parte de mis ojos hacía chiribitas, la otra se acordaba del verano: la playa, el calor, los baños, la barca, el catamarán, etc. así que dije: "zagalicos, vamos a alquilarnos uno que yo remo, le soplo a la vela, o me agarro al agua con los dientes si hace falta". Pero no hubo suerte. Los barcos de vela parecían tener su propietario --cosa que no extrañaba al ver el "elenco" de coches que viajaban por aquellas calles--. Las barcas de remos y los patinetes eran gratis, lo que los hacía imposibles de pillar. Decepción al canto. Pero una llamada de unas amigas de Paco nos iba a terminar de solucionar la tarde.




El tema es que como gran ciudad alemana, Hamburgo también tiene su torre de la televisión. Y como buena torre de televisión, aquello era un punto de referencia claro y accesible. "Fiesta open air en la torre de la tele" rezaba el mensaje. Vamos para allá en transporte público. El de Hamburgo es más pequeño y más barato que el de Berlin, aunque eso no es muy difícil dada la monstruosidad de sistema de transporte público que aquí tenemos.


Llegamos a la torre de la televisión. A su lado una loma cubierta de césped. En un lado de la loma una fiesta tranquila, con gente haciendo corrillos, muchos de ellos haciendo barbacoa --deporte nacional--, y otros jugando a cualquier cosa o simplemente correteando descalzos. Hacía buen día, y aquello había que celebrarlo. Nos sentamos un poco a descansar, pero pronto nos dirigimos al otro lado de la loma, donde nos estaban esperando. Conforme nos acercábamos al otro lado de la loma aquello empezaba a temblar. Andamos un poco más y podemos apreciar una hondonada a la derecha. Unos pinchaban música, otros cientos --yo creo que más-- se agolpaban concéntricamente ante ellos, bailando, bebiendo, hablando, gritando, y todo lo que hiciera falta.



Lo mejor de todo era que se podía palpar en el ambiente que la gente estaba feliz, bastante feliz por el simple motivo de que hacía un día espléndido después de no sé cuántas semanas de frío, lluvia, aire, y cualquier elemento non-grato. Nosotros lo tenemos casi a diario, mientras otros lo celebran por todo lo alto. Había llegado la primavera.